Escribo para mí porque, si nadie me leyera, seguiría escribiendo. Porque, con el tiempo, lo que cuento ha comenzado a definirme; así que al final acabo pensando lo mismo que pongo en el papel en lugar de, más sensata, dedicarme a escribir lo que pienso. Escribo para mí porque, cuando eso sucede, escribir y pensar son ya la misma cosa.
Dice mi amigo Javier Díaz Gil que se empieza escribiendo a veces como terapia y como desahogo, por necesidad y porque a menudo "no hay más remedio". Porque, como me cuenta David Lerma, "la realidad que me rodea no acaba de gustarme, y en vez de beber en exceso, o de correr maratones, o de practicar el suicidio, pienso que inventando argumentos o personajes esa realidad va a quedar sepultada". "Se escribe porque ´la voz´ nos hace escribir", opina José María Herranz. Y se escribe siempre para algo, aunque ´sólo´ sea "para interpretar el mundo y para interpretarme a mí mismo frente al mundo", como me explica Javier.
Yo también interpreto el mundo cuando escribo. Me lo invento. Escribo, como dice ese poema bellísimo de Gonçalo María Tavares, "porque perdí el mapa". Y los temas son mis temas y los mundos son mis mundos y no logro salirme nunca de la inmediatez redonda de mi ombligo.
Escribo lo que me gustaría leer porque "soy mi primer lector"; coincido con Aureliano Cañadas. Pero también es cierto que escribiría distinto si supiese que nadie va a leerme nunca.
"Jamás se escribe para que te lean", me decía el otro día el poeta Fernando Soriano Bensusan, "escribes porque lo necesitas y necesitas que alguien te lea. Si nadie te lee no existes".
Así que, después de todo, no importa cuál sea el impulso o lo íntimo de esa la necesidad primera. Al fin y al cabo se escribe para el otro, para ofrecerse al otro, para presentarse al otro. Para -como declaraba Henri Michaux- "dar a conocer a una persona que, viéndome, nadie habría podido sospechar jamás que existiera".
A mí, viéndome, nadie diría que soy la poeta que encierro en mí. Y es que, con el tiempo, he llegado a comprender, no sin un cierto dolor, que soy mejor cuando escribo. El día que supe esto comprendí también el verso de Juan Gelman que dice "escribo ahora para que me quierás".
Sí, la mayoría de los poetas somos mejores cuando escribimos. Y escribimos, creo, para que nos quieran.
Imagen: títere de Marina Tapia Pérez para representar el poema "A un hombre sentado", de Ana Delgado Cortés

